Las altas capacidades son una
neurodivergencia:
una manera de funcionar del cerebro diferente —ni mejor ni
peor— que acompaña a la persona a lo largo de toda la vida.
Su cerebro no es «mejor» ni «más grande».
Procesa la información de una manera cualitativamente diferente y
conecta ideas con más rapidez, profundidad y complejidad que la
media. No significa tener más conocimientos ni ser «más listo».
El desarrollo suele ser asíncrono: la madurez
intelectual avanza más deprisa que la emocional o la social. Por
eso una misma persona puede razonar como alguien mucho mayor y, a
la vez, gestionar la frustración según su edad.
«Altas capacidades» es un término paraguas que
engloba la superdotación, los talentos simples y complejos y la
precocidad. Según el criterio que se aplique, la prevalencia
estimada va del 2% de la población (criterio
psicométrico estricto) a cerca del 10%
(criterios de talento más amplios).
Además, pueden coexistir con otras condiciones como el TDAH, la
dislexia o el autismo: es lo que se denomina
doble excepcionalidad.